Inicio Artículos Entrevistas Reportajes Reseñas Contacto
Quimera
Revista Digital Literaria
Proyecto Financiado por el Fondo de Fomento del Libro y la Lectura, convocatoria 2020

Revista Quimera©Derechos Reservados 2020


Este sábado 22 de febrero, al mediodía, conversaba un café cortado con dos amigos en la Plaza de los Héroes. Una brisa bastante fresca acariciaba los árboles con sus manos gráciles y etéreas y agradecíamos tal regalo de la naturaleza después de tantos días de sofocante calor que parecían prohibir alguna pausa en el devenir de este verano. De pronto suena mi celular y la información que me entrega un amigo me estremece entero: Esta mañana falleció Jorge Nawrath. Le agradezco la mala nueva y un silencio doloroso se me cala pecho adentro plantándome de sopetón frente a la presencia de la muerte. Trago saliva y debo hacer un esfuerzo para compartirle la noticia a mis amigos. Entonces se me agolpan los recuerdos, pero me los guardo hasta hoy lunes después de sus funerales cuando ya el tiempo ha comenzado a correr y a crear distancia entre Jorge y todos los que lo conocimos y lo tuvimos en elevada estima. Pues bien, son esos recuerdos los que hoy quiero compartir con los lectores como un homenaje póstumo a este rancagüino por adopción que, entre otros honores, recibió la Medalla Santa Cruz de Triana que otorga la Municipalidad de Rancagua a sus habitantes más destacados.

Jorge Nawrath fue un hombre de la Ley y de la Literatura. Es este segundo aspecto de su quehacer cotidiano el que dio la posibilidad de conocerlo más de cerca. Lo primero que cabe destacar es que Jorge, al parecer, comenzó a escribir ya en la madurez. Tal vez me lo presentaron en el “lanzamiento” de algún libro. Recuerdo que inicialmente leyó un par de poemas a algunos escritores locales, entre ellos, uno dedicado a su hija. Eso fue en los tiempos en que se desempeñó como abogado integrante de la Corte de Apelaciones de Rancagua. Pero después nos sorprendió cuando resultó ganador de un concurso de cuentos de El Mercurio con un relato titulado “El hombre del piano amarillo”, con el cual desató la ira, en buena, de la escritora Marta Blanco que se consideraba segura ganadora casi por anticipado. En la siguiente o subsiguiente convocatoria obtuvo, si no me equivoco, el segundo o tercer lugar. Todos los escritores que ya le conocíamos le recomendamos que siguiera escribiendo y que se apurara en publicar. Hombre cauto, nos hizo caso, pero esperó algunos años hasta que los cuentos que iba escribiendo estuviesen bien revisados y hubiesen alcanzado una calidad literaria capaz de soportar las críticas más malintencionadas. Fue así como el 2002 la Editorial RIL de Santiago editó su primer volumen de cuentos con el título “La mujer hilvanada y otros cuentos”. Después vendría una novela: ”Jazmines y glicinias” (2008) y continuaría sólo con el género breve: “Memorias del abrevadero” (2012), “Después de la ceniza” (2014), “Juego de caravanas” (2015), “Por qué relinchan los caballos” (2017) y “Después del viento” (2019).  Escritor talentoso y autocrítico, se dio cuenta de que sus mejores frutos los lograba en los cuentos; de ahí que no haya insistido en las historias extensas. Como una apreciación general de su obra transcribo lo que señala la editorial RIL: “Hombres y mujeres, protagonistas de vidas sencillas y trágicas, cruzadas por la miseria, la religiosidad, el humor amargo, la ingenuidad, y aun la poesía y el misterio, son retratados por Jorge Nawrath con un lenguaje destilado y rico, que parece moldeado con la misma arcilla que sus emociones y la misma fatalidad de sus destinos”. Fue precisamente ese “lenguaje destilado y rico” el que lo hizo acreedor al cargo de Académico Correspondiente de la Academia Chilena de la Lengua, dependiente de la Real Academia Española. No obstante la indudable calidad de sus cuentos, lamentablemente Jorge no alcanzó a ser destacado como uno de los mejores cuentistas chilenos por una crítica escasa y para la cual los escritores de regiones parecen no existir. Pero ahí quedaron sus libros como elocuentes testimonios de un autor que sí vale la pena recordar, leer y valorar como se merece.

 Donde conocí mejor a Jorge fue cuando integró el “Círculo Literario Fénix” junto al dramaturgo Fernando Riveros, el poeta Walter Pineda, el cuentista Juan Antonio Esteban, el historiador Tato Drago, entre otros. Inolvidables fueron nuestras tertulias y lecturas de nuestras obras, como asimismo la edición no siempre periódica del “Boletín Rancagua” que daba a conocer nuestros textos y también los de otros escritores.

 Dentro de este mismo quehacer cultural, Jorge tuvo la visión y el acierto de crear una Corporación Cultural dependiente de la Municipalidad de Rancagua con el fin de instituir el Concurso Nacional Oscar Castro Zúñiga, evento anual, que premiaba un género literario cada año. Integraron el jurado de este concurso los más destacados escritores chilenos, todos los cuales eran invitados por Jorge. Entre ellos recuerdo a Guillermo Blanco, Alfonso Calderón, Fernando Cuadra, Miguel Arteche, Fernando González-Urízar, Roque esteban Scarpa, Delia Domínguez, Matías Rafide, Gonzalo Drago, etc. y quien suscribe como representante de la Municipalidad de Rancagua. Jorge era quien presidía este jurado. Ahí pude apreciar su discreción, su buen manejo de los debates, sin emitir jamás su opinión sobre las obras que se estaban juzgando con el fin de no influir en las decisiones del jurado. Este concurso, que alcanzó un enorme prestigio nacional, no sólo por la solvencia del jurado y la< calidad de las obras premiadas, sino también por su imparcialidad a toda prueba, actitud reconocida por moros y cristianos, dado que a veces, por desgracia, los evaluadores sucumben ante las presiones de todo tipo y vician los concursos literarios. Después de quince años de labor ininterrumpida en pro del desarrollo de la cultura y la literatura, un Alcalde tuvo a mal acabar de una vez y quizás para siempre con este prestigioso concurso.

 Pero como no hay mal que por bien no venga, fue después de este atentado cultural que Jorge Nawrath se dedicó más de lleno a la creación literaria y a publicar todas sus obras. Rectifico, no todas, porque dejó inconcluso un libro de crónicas sobre escritores chilenos famosos que él conoció a lo largo de su vida.  Es un texto de enorme amenidad, bien escrito y que, lamentablemente, tal vez nunca vea la luz pública…

Desde ahora ya no veremos más a Jorge disfrutando de un café cortado en un céntrico café de nuestra ciudad junto a sus amigos, ni tampoco lo veremos cruzar la Plaza casi puntualmente a las 12,30 de regreso a su hogar. Pero sí, de existir algo más allá de esta vida, es seguro que se ha ido a compartir por la eternidad con su amada esposa quien había fallecido hace un año.


RECORDANDO A JORGE NAWRATH

Luis Agoni Molina

Doctor en Estudios Americanos