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Quimera
Revista Digital Literaria
Proyecto Financiado por el Fondo de Fomento del Libro y la Lectura, convocatoria 2020

Revista Quimera©Derechos Reservados 2020

Mi amigo y excelente escritor Luis Palavecino Troncoso ponderó hace años como joyita literaria  el librito de memorias galantes “27 mujeres en mi vida” del poeta chileno Carlos Préndez Saldías (1892-1963). Se lo hice llegar como una curiosidad disponible en mi biblioteca,  persuadido de que disfrutaría de una obra amena y desenfadada, sin atisbos de  controvertida cursilería.  

Este intercambio me llevó a curiosear qué otro impreso constituía una rareza en medio de la turbamulta literaria, habida cuenta de que no padezco del prurito de hacerme de primeras ediciones o de incunables.  Y allí encontré la versión chilena de la Eneida de Publio Virgilio Marón (70 a C -19 a C), traducida en verso libre por Egidio Poblete (1868-1940), Ronquillo. Está autografiada por el traductor y dedicada “a mi apreciado amigo, don José Rodríguez Rivas, con muy cordial afecto”, y fechada el 12 de julio de 1938, un día antes de mi nacimiento. Esta versión de la Eneida la adquirí en tiempos ya olvidados en un remate callejero de libros usados. ¿Cómo llegó hasta allí esta maravilla literaria? Aparte de la excelente traducción, trae un prólogo enjundioso del académico P. Raimundo Morales y sorprende que la publicación fue financiada por un grupo de mecenas  porteños, entre los cuales figuran varios apellidos extranjeros. El autor debió esperar varios años varios para ver en imprenta su obra. La  publicación de la Eneida, traducida por un latinista chileno, tal vez fue el último relumbrón de estudios humanísticos en Chile –aunque de humanidades siguió hablándose hasta la década del sesenta-. (Tal vez se estimó como un anacronismo el interesante ensayo “La muerte del Humanismo en Chile” de Eduardo Solar Correa, publicado en 1934).

También en compras callejeras cayó en mis manos el primer número de la revista literaria de la SECH, aparecida en la década del cincuenta. (¿54 ó 57?) No La tengo a mano, pero me place recordar que en esta edición Luis Alberto Heiremans (1928-1964), de breve existencia, publicó un excelente relato “La otra cabeza”. Este cuento me acompañó en mis clases durante varios años, pues me servía de apertura al conocimiento del teatro contemporáneo en Chile, de preferencia para leer su obra “El abanderado”.  En este mismo número, Nicanor Parra nos hace leer el poema “Se me ocurren ideas luminosas”.

Encontrar una obra de Manuel J. Ortiz (1870-1945) no deja de ser una curiosidad. Debo haberla comprado en alguna librería de viejos, pues se trata de un libro usado, casi raído, que pasó de mano en mano, hasta que llegó a las mías. “Relatos y Comentarios” (Tipos y escenas de la vida nacional) fue publicado en 1935 por Empresa Letras, una editora que, por lo que cuentan las solapas, impulsaba la cultura en forma variada y múltiple, incluida una colección  de escritores chilenos, como Magdalena Petit (La Quintrala), Manuel Rojas (Lanchas en la bahía), Salvador Reyes (Lo que el tiempo deja), Ernesto Montenegro (Cuentos de mi tío Ventura), José Santos González Vera (Vidas mínimas) y la edición completa de Durante la Reconquista de Alberto Blest Gana.  Dos de ellos llegarían a ser Premios Nacionales de Literatura, podría decirse que gracias a estos editores con visos de Mecenas.

Manuel J. Ortiz fue escritor costumbrista, (Cartas de mi aldea, Caricaturas, Pueblo Chico), ameno, agudo y gran observador, y  ocupa un lugar destacado en la literatura nacional, junto al popular José Joaquín Vallejo, Jotabeche (1811-1858).

Podría ser una omisión imperdonable si no recordara la novela “Cifra Solitaria” de Juan Godoy (1911-1981), profesor de castellano, escritor y docente universitario.  Se la compré al propio Juan Godoy recién publicada y ha permanecido en mi biblioteca como testimonio de afecto y admiración por este gran escritor y amigo. No será una curiosidad, ¿o sí?, pero esta novela, junto a “Angurrientos” y “Sangre de murciélago” -obras del mismo autor- nos permiten apreciar la belleza del lenguaje a través del manejo estético del estilo. Su versión de las Doce Tablas Redobladas –en “Cifra Solitaria”- parece un canto gregoriano en medio de una noche tenebrosa.

Ramón A. Laval (1962-1929), filatélico, calígrafo, profesor, bibliotecario, folclorista, realizador de empresas culturales, tiene un nombre bien ganado en la tradición folclórica chilena. Su obra “Cuentos populares chilenos” cayó en mis manos por azar. Mientras escarbaba en cajones con libros en liquidación en una librería de San Fernando, salió a la superficie, como si buscara a alguien que estimara su valor.  Constituye para mí, más que una curiosidad, una primicia. Es un verdadero patrimonio de la cultura nacional, y de estos relatos recogidos de la tradición oral,  han bebido autores como Manuel Rojas para la elaboración de cuentos del tenor de “El hombre de la rosa” y “El león y hombre”. Ramón A. Laval, junto a Rodolfo Lenz y Julio Vicuña Cifuentes, entre otros, integró la  Sociedad del Folklore Chileno allá por 1909,  dando comienzo al estudio y difusión de la cultura popular desde la oralidad, en cuentos, tradiciones y leyendas.

¡Cuánto me gustaría que, desde algún rincón de mi biblioteca, apareciera  por fin la novela “Froilán Urrutia” de Juan Modesto Castro (1898-1943), desaparecida misteriosamente! Una curiosidad que no es frecuente encontrar en recuentos literarios asociados al criollismo. Se me ocurre que el protagonista  salió de nuevo a vagar por montes y repechos, acompañado esta vez  por mi bisabuelo político, don Recaredo Carmona, minero y cateador


                                 MACHALÍ, mayo 2020.

                                                                                            

CURIOSIDADES BIBLIOGRÁFICAS

Jaime Herrera Román