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Quimera
Revista Digital Literaria
Proyecto Financiado por el Fondo de Fomento del Libro y la Lectura, convocatoria 2020

Revista Quimera©Derechos Reservados 2020

La revisión visual de mi biblioteca me llevó a escudriñar en qué parte de ella se encontraba aquel libro dilecto, cuyas páginas he recorrido con verdadera fruición por años y que integra el cuerpo patrimonial de mi acervo literario. No está a mano, aunque debiera estarlo. Si ayer no más lo tuve a mi alcance, volví a hojearlo con la satisfacción de siempre, me detuve en algún párrafo ensimismado por el agrado que me provoca su escritura y lo instalé en algún sitio para que siguiera su quieto reposo.

Este libro me ha acompañado desde la adolescencia. Anteriormente,  inducido por mi padre, lecturas farragosas llenaron mi infancia. Eran unos libros gordos, a dos columnas, impresos en tipografía minúscula, que me fatigaban de sólo contemplarlos. Eran libros de caballería. Allí estaban Carlomagno y sus Doce Pares de Francia, con la historia de Ricarte de Normandía, el valiente Oliveros y el gigante Fierabrás. Yo prefería escuchar  las escaramuzas guerreras y los  combates singulares de boca de mi padre, quien tenía un don alucinante de narrador. Refería las justas caballerescas con destreza y amenidad cual moderno juglar.

Este libro  preferido del que no tengo otra edición que un sencillo impreso, bastante deslucido y rústico, desgastado por el uso, que se  extravía  y que vuelve aparecer, que antes paseaba conmigo a todas partes, que siempre lo he destacado como un clásico de nuestra literatura,  que me aún me duele cuando algunos expertos lo ningunean por no sé qué influencias francesas y otros defectillos técnicos.

Fue publicado en 1862, en tiempos en que la literatura chilena recién alboreaba y cuando su autor, Alberto Blest Gana, era un jovencito que hacía poco había alcanzado la mayoría de edad. Por ello su juvenil atrevimiento. No se amilanó ni siquiera ante la sabiduría clásica de un Andrés Bello o la gallardía ufana de  un José Victorino Lastarria.  Como toda genialidad ya antes había sacudido el ambiente colonial con otras obras que anunciaban,   no un parto de los montes, sino al naciente escritor que hizo de la literatura una historia viva.  Anticipaban la irrupción de una pluma chilena provista de personalidad propia y criolla. ¡Y vaya que lo era! Todavía no surge otro escritor que logre destronarlo en su aporte literario ligado a la historia y desde la historia  a la chilenidad.

Cuando  “Martín Rivas” cayó en mis manos allá en la adolescencia, desbordó mis gustos literarios. Vi en el protagonista, la trama vital de los jóvenes que buscan abrirse paso a través de la enmarañada red de una sociedad exclusivista. Martín Rivas representaba la condición del provinciano sin recursos, inerme ante los usos sociales, un jutre pobre como fue tildado por comerciantes ambulantes recién llegado a Santiago, chileno al fin, extranjero en su propio terruño.  Modesto y sencillo,-escapaba al mote desdeñoso de ser gente de medio pelo-, sin arrestos de arribista barato, sucumbió ante un amor imposible. El romanticismo se lo devoró con su impronta sensible, como que la misma novela nos inspira con sus aportaciones románticas, aunque distinta y distante de “María” de Jorge Isaacs, (Colombia, 1837-1895), obra publicada en 1867.

En “Martín Rivas” se saborea la vida colonial como quien disfruta de un documental, no en claroscuro, sino con profusión de colores. Allí están las tertulias y los picholeos, los amores furtivos y los declarados, las tretas políticas y las asonadas revolucionarias, las fiestas populares y los festejos aristocráticos, los modos y costumbres de una sociedad en plena ebullición. Alguien dijo que Blest Gana había trascrito el habla del pueblo con habilidad taquigráfica. Y lo hizo con humor y buen gusto. Supo dar a su obra el encanto que se recrea en el esplendor de su autenticidad. En la novela se siente el agitado bullir de la historia, el canturreo volátil de la comidilla popular, el vocerío monótono de los serenos velando la noche, la carrera chispeante de corceles y carruajes por el empedrado santiaguino.

Como toda obra clásica, esta novela que me encantó desde el amanecer de mi juventud, aún respira el frescor de su lozanía. Por ello no era extraño que, en mi ensueño adolescente, pese a mi admiración por el protagonista, habría saltado a la escena a disputarle el amor de Leonor, a consolar en algún corredor a la luz  de un candil la frustración de Edelmira, o  batirme pistola en mano por una causa que no era mi causa pero que la sentía mía. En tiempos juveniles, cuando desbordan los entusiasmos y los sueños, el palpitar de la vida se ponía a transitar también en páginas literarias, y lo hacía con el fervor de quien es capaz de convertir criaturas ficticias en seres de carne y hueso.  Podría decirse que no hay mejor obra que aquella en que la ficción pasa a ser nuestra propia ficción

Libro favorito, todavía te sigo sintiendo en la proximidad de mis preferencias, pese al caudal de aguas literarias que ha inundado con su dádiva el paginario  de incontables lecturas.   


MI LIBRO FAVORITO

Jaime Herrera Román

Miniserie “Martín Rivas” de TVN, 1979.