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Quimera
Revista Digital Literaria
Proyecto Financiado por el Fondo de Fomento del Libro y la Lectura, convocatoria 2020

Revista Quimera©Derechos Reservados 2020

Llegar a San Fernando sin conocer a nadie, fue una aventura reamente juvenil. La necesidad tiene cara de hereje es un dicho ajustado a esta decisión. Durante semanas debatimos con mi esposa la opción de trasladarnos  a esta ciudad, dejando de lado el propósito de viajar a otros lugares. A Australia por ejemplo.

A poco llegar descubrí que realmente el mundo es chico. Allí trabajaban ex alumnas de la universidad, de modo que el arribo se hizo menos hosco. Fue como si tú salieras de una habitación y al volver encontraras que nada había  cambiado. La amabilidad surgió de todos los ángulos, incluido los guarenes que jugaban al pillarse en el entretecho de las cuatro paredes que nos albergó al principio.

Trabé amistad con varios colegas y al poco tiempo el desarraigo se hizo más soportable. Mis hijos iniciaron sus estudios básicos y mi esposa sobresalía como  destacada maestra. Fue una etapa esplendorosa…

En busca de una mayor apertura intelectual, eché de menos una biblioteca pública y la falta de espíritus abiertos a las inquietudes de la cultura, sin saber que ya existían o habían existido, agrupaciones literarias de gran impulso creativo. En estas intentonas, apareció como salido de la nada, no recuerdo si alguien me lo presentó o yo, con pretexto de compra, interrumpí su  trabajo al escritor Enrique Neiman, un intelectual socarrón, detrás de unos profundos ojos celestes. Atendía su negocio –El Huracán- de hilos y botones con una tibia sonrisa de almacenero. Había publicado varios libros – prolífico escritor y autor de novelas, cuentos, ensayos y artículos periodísticos y unos epigramas que él llamada Inter nos- y era una lumbrera local. Nunca supe si conocía mi nombre, pero cada vez que pasaba a saludarlo, me atendía con la amabilidad habitual del amigo que se dejó  de ver el día anterior. De él escuché las alabanzas a la novela Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, y el buen gusto de la Academia Sueca de otorgarle el Premio Nobel de Literatura.

Solo una vez compartimos tribuna, en compañía del profesor Orlando Acevedo, con  ocasión de un homenaje que se rendía a Pablo Neruda, en la sede de un sindicato. Fue difícil la tarea en plena dictadura,  pues  la invitación provino del partido comunista  Mis compañeros de tribuna se refirieron a temas personales de la vida del poeta, en cambio yo abordé un análisis del épico y elegíaco del poema Alturas del Machi Picchu. Recuerdo que mi exposición estableció comparaciones entre este canto, y la Silva a la agricultura de Zona Tórrida de Andrés Bello y la hermosa poesía Sol del Trópico de Gabriela Mistral.

Después de esa experiencia literaria, nuestros caminos buscaron otros horizontes. Tal vez continuó atendiendo la clientela en su negocio y en las noches entregado a sus epigramas de Inter Nos. Un día partí sin despedirme de él y de mis amigos literatos,  José Luis Montero, Regina Royo, Pina Acevedo, y los hermanos Fernández no poetas, pero buenos amigos, y también allí quedó sobreviviendo el Instituto de Cultura Hispánica, en cuya revista incorporé alguna creación mía.


                            MACHALÍ,OCTUBRE 2020.

                                                                                            

SAN FERNANDO EN EL RECUERDO

Jaime Herrera Román