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Quimera
Revista Digital Literaria
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Finalizaba el siglo XVIII y Chile no dejaba de ser una pobre colonia española. Algunos notables de la época viajaban a Europa, y luego de maravillarse con riqueza observada, volvían con el ánimo de introducir en la colonia la arquitectura  del viejo mundo, o reproducirla En este ámbito llegó a Chile Joaquín Toesca, arquitecto italiano, quien vendría a hacerse cargos de diferentes proyectos arquitectónicos.

En el solar de su casa, empezó a dictar clases de su especialidad al que concurrían jóvenes de Santiago. Uno de ellos fue Juan José Goycolea, agrimensor  y estudiante de arquitectura, muchacho atractivo, que empezó a mirar con ojos de conquistador a la joven y bella esposa del arquitecto, Manuela Fernández de Rebolledo. La juventud de Manuela y tal vez algún desajuste matrimonial, fueron el mayor estímulo para aceptar las insinuaciones de Juan José. Santiago era un poco más que una villa, sin luz, alumbrada por faroles mortecinos, de modo  que favorecía los amoríos extraconyugales. Fueron varios los encuentros clandestinos, fogosos, apasionados,  bajo la ramada de una luz inexistente,  apoyados por  cómplices criados. Descubierto el engaño, Joaquín tuvo pensamientos homicidas. Él era un hombre formal, dueño de una reputación a toda prueba, y no podía permitirse el lujo andar con cuernos por la calle. Recurrió a su suegra y luego las autoridades eclesiásticas de la época metieron su cuchara -¿cuándo no? en el asunto, y Manuelita terminó asilada el convento de las Agustinas. Poco le duró el encierro, porque, aprovechando la escasa seguridad del recinto, se escapó para reunirse con su amante, episodio en que Juan José seguramente tuvo activa participación.

Este hecho, por la importancia social que revestía, dio lugar a que nuevamente interviniera la autoridad eclesiástica y se envió a la pecadora a un lejano exilio temporal. Fue así como Manuelita Fernández, debido a este castigo, remató en la Casa de Ejercicios de Peumo, a orillas del río Cachapoal. La distancia no fue obstáculo para que Manuelita continuara con su cercanía epistolar con Juan Losé, e invitaciones para que se aproximara a las cercas para divisarlo. El amor nunca tiene límites.

Peumo era un pueblito regado por el río Cachapoal, con  árboles  autóctonos y especies frutales, que daba la impresión de una pequeña selva, amén  de una huerta bien cultivada, y una bien montada lechería, recinto  apropiado para la meditación espiritual y lejos del mundanal ruido. En el viaje para cumplir el castigo, trató de sobornar a los soldados que la custodiaban y liberarse del proceso abyecto que la sometía como trasgresora social.

Sin más compañía que las religiosas y algunas novicias, soñaba con un  amigo a quien participarle los dolores del corazón y que le sirviera de estafeta en sus mensajes de enamorada. Su  amigo Luis  la visitaba ante los ojos del convento y que no le perdían pisada y  que terminó abandonando  su ocupación de mensajero y sus paseos por el río. De modo que sus días trascurrían entre el coro, las mutiladas confesiones y el trabajo epistolar.

De tarde en tarde la visitaba Joaquín Toesca, a quién recibía con la cortesía protocolar del siglo, bien sabía ella que era el causante de su forzado retiro.

-¿Cómo estás, Manuelita? Preguntaba Joaquín, luego de los saludos iniciales

Ella, que pasaba todo el tiempo con su menta puesta  en Juan José, respondía con un tono irónico:

¿-Cómo usted quiere que yo esté? Con todas las alegrías y angustias de un presidiario.

Joaquín, mirando distraídamente hacia la huerta, asentía:

-Así debe ser no más la cosa. Luego reflexionaba: el campo es buen remedio para todo disparate y sirve para aliviar el espíritu de las acciones desordenadas.

-Si no fuera por las monjitas que me han tomado  harto cariño, ya me habría escapado- contestaba con su insultante soberbia.

-Como se dice por acá, la cabra siempre tira pal monte…

Manuela, arrebujada con hábitos monjiles, permanecía en silencio, deseando que Joaquín pronto desapareciera de su vista, para volar a su celda a continuar una carta inconclusa dirigida a Juan José, su hijito o su negrito, como ella le decía.

Como el tiempo pasaba y no  se advertían señales de liberación, - aquello parecía una cárcel-, la Manuelita empezó a mostrar señales de inquietud, Su correspondencia se había espaciado –no siempre hay un estafeta a mano-, y solicitó conversar con la Superiora del convento, y luego de mucha espera, decidió escuchar a la joven. Le mandó recado que tal día la esperaba en su celda. Para Manuela fue un descubrimiento la pobreza del recinto. La celda de la monja era tan pobre como todas, pues constaba de un camastro, adosado a una pared de adobes, más unos cajones que servían de  escritorio y en el muro el infaltable crucifijo, junto a un anaquel con varios libros de lectura piadosa. Un par de taburetes para sentarse era todo el mobiliario.

Allí Manuela relató sus inquietudes; el tiempo pasaba y no se advertían señales de una posible liberación, o este convento será mi prisión perpetua.

-No soy una criminal – expresó casi llorando.

La monja Superiora escuchó sus descargos, con el silencio de un confesor que carece de respuesta para consolar a un penitente. Luego de rezar un Ave María la despidió con la misma actitud silenciosa y fría del principio. Sin embargo, la monja realizó los trámites pertinentes y, pasadas dos semanas, se escuchó en el patio una zalagarda de coches y caballos. El mismo Joaquín Toesca venía a buscarla y, como era una persona principal, llegaba en dos coches elegantes tirados por briosos trotones. Las mismas religiosas se encargaron de cambiar sus vestiduras monjiles por los trajes profanos con que llegó. La Madre Superiora había justificado su excarcelación, dado su desapego a la vida conventual. Manuelita había dejado de asistir al coro, o llegaba con retraso, sin ninguna explicación. A veces intervenía con chapurreados latines, provocando la severidad de las monjas mayores y la alegría de las novicias.

El viaje de retorno fue una fiesta para Manuelita. Descubrió el campo que no había querido ver en su retiro obligado, el verdor de los trigales azotados por el viento, el cristal de ríos y riachuelos que a cada rato cortaban el paso y montículos por donde discurrían cabras y vacunos y volaban los pájaros cerriles. En algún momento, exclamó: mire, don Joaquín, que es lindo el campo.

Manuelita esperaba encontrarse con su antigua servidumbre y su vieja casa de adobes. Se espantó cuando vio que los coches se detenían frente a palacete de dos pisos, y escuchó a Joaquín: ya llegamos. Un retorno no anunciado para el inicio de una nueva vida. Las cosas habían cambiado y la joven retornaba a ser la señora de la casa.

Manuelita, ya viuda, - Joaquín Toesca había  fallecido en 1799- contrajo matrimonio con José Ignacio Santa María González, en tanto Juan José lo había hecho con María del Carmen Geroda y Vicuña.

UNA PASIÓN OTOÑAL

Jaime Herrera Román