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ARTICULO

DON VICENTE Y DON MATÍAS

Jaime Herrera Román

Fueron contemporáneos: Vicente de 1807 y Matías de 1810. Sin embargo, no fueron amigos; la única relación entre ambas figuras del siglo XIX, fue  un almuerzo en el fundo administrado por  Vicente Pérez Rosales. El azar provoca novedades. Un desconocido, ganadero posiblemente, venía con  una oferta de animales.  Vicente, desde el corredor la casa de campo observó a los vacunos y no le parecieron un buen negocio, pero los adquirió con esa gentileza del hombre que ha recorrido medio mundo.

¿De qué conversaron aquellos hombres durante el almuerzo al que invitó el administrador? El desconocido parecía un ganadero, así lo intuyó el dueño de casa y Vicente se había instalado con el ánimo de ser agricultor. Había un tema común, la tierra, pues nadie llega a vender vacunos si no es hombre  de campo. Salvo un robo de por medio. Este hombre no tenía hechuras de cuatrero. Su rostro despejado, blanco, motivaba a tratarlo con respeto. Vicente era un conversador amenísimo y pronto condujo la conversación hacia un territorio muy conocido. No se atrevió a interrogarlo sobre sus actividades, pues saltaban a vista. Bien hizo su amiga en haberlo recomendado.

El desconocido comentó que los animales eran un proyecto transitorio, “buena actividad,  da sus resultados, pero uno no puede ser traficante de vacunos toda la vida. Hay otros rubros atractivos, como la minería por ejemplo”. Lo pensó: “La Descubridora me está esperando”. Vicente, al escuchar la palabra minería, quedó alelado. “Es que este amigo piensa agarrar viaje a California. Tal vez sería buena collera. La plata, el oro y después que lluevan los murciélagos”. Ese pensamiento lo hizo emocionarse.

-No, don Vicente; la Descubridora queda en el norte de Chile-

-Entonces, mi viaje será más largo- repuso sonriendo el dueño de casa-, aunque quién sabe…

Antes de despedir al comerciante en animales, Vicente observó su explícita pobreza y decidió regalarle unos pantalones de ante, ofrecimiento que satisfizo íntimamente al administrador, y el desconocido lo recibió con muestras de gratitud.  Pasado este encuentro fortuito desapareció toda relación entre ellos.

Cada uno absorto en sus propias ocupaciones, se alejaron de Colchagua, y tal vez el incidente de los pantalones pasó al olvido. Cierto es. Vicente siguió con sus viajes y el desconocido ocupado en fortalecer su fortuna.

No volvieron a encontrarse, salvo  por iniciativa del Rey del Carbón;  quién había solicitado una audiencia con el Intendente de Concepción, cargo que desempeñaba Vicente Pérez Rosales. Afueras de su oficina, el  Intendente escuchó movimientos sorpresivos y carreras locas, lo significaba que algún acontecimiento novedoso ocurría en el exterior. De pronto se abrió la puerta de su despacho y apareció la figura inconfundible de Matías Cousiño, saludándolo con grata cordialidad. Vicente sabía de sus éxitos económicos, pero jamás se había imaginado que lo tendría sentado frente a él.

Le reprochó amablemente su distracción de no haberlo visitado, en circunstancias de que llevaba varios meses en el país.

Vicente no alegó falta de tiempo, sino modestia de funcionario público para hacer visitas a personas importantes.

Matías Cousiño, con una sonrisa de complacencia, le cogió la mano y le dijo:

-Don Vicente, voy a refrescarle la memoria. ¿Se acuerda usted de los pantalones de ante que me regaló allá en Colchagua? Debo haber andado muy rotoso… para llamar su atención…

Por respeto a su interlocutor  y avergonzado de aquel alarde de cortesía, solo se limitó a no estropear el ambiente con una sonrisa nerviosa.

-Los tiempos cambian, don Matías- repuso amablemente don Vicente;  los de ayer ya no somos los mismos.

-Efectivamente-musitó el acaudalado empresario-usted es don Vicente y yo soy don Matías…