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ARTICULO

CRÓNICAS DEL TIEMPO IDO

TERESA OSSANDÓN   

  Jaime Herrera Román



El tiempo, como se dice habitualmente, lo borra todo. O casi. Vivir en el campo, ser hijo de inquilinos, asistir a la única escuela rural,  carecer de pasatiempos, salvo rodear las vacas y los caballos, jugar al fútbol con pelotas de trapo, verdadero campeonato en los potreros abiertos,  y la única distracción, aprovechar las tareas hogareñas para las diversiones. No recuerdo haber lamentado las carencias, ni llorado por no tener  luz eléctrica y agua potable. La pobreza se enfrenta de cualquier modo. Como todos éramos pobres - y como ser pobres no es delito-, vivíamos atrincherados en una rutina que no se ocupaba de analizar el futuro, y el presente  parecía un camino no elegido. Como no había un destino en ciernes, ya llegarían  las  preocupaciones de la lucha por la vida. El campo, las siembras y las  cosechas acaparaban el aprendizaje diario de la muchachada.

En este periodo, desde el fundo, se organizaban prácticas religiosas para la juventud campesina, -principal ocupación del cura del pueblo- que competían con el fútbol y los rodeos, entre otras actividades de entretención juvenil. Los domingos, decoraban, la misa con sus pintas azules y   blanco, tanto las  chiquillas como  los jóvenes. Era la juventud católica.

Mis hermanas mayores pertenecían a la Acción Católica y le dedicaban el tiempo necesario sin desatender su responsabilidad hogareña. A ellas les escuché el nombre de una mujer muy cordial y simpática, que llegaba a fortalecer la acción católica. Pienso que debió ser amiga de Consuelo Letelier, hija de los dueños de la hacienda, (Q. E.P.D.), pues era recibida en las casas del fundo y compartía con ella las actividades de atención a las mujeres jóvenes.

Nosotros, chiquillos desarrapados de mechas revueltas y tiesas, calzados con ojotas, solíamos encontrarnos con la visita y nos llamaba la atención la gentileza que nos prodigaba, y creo que debimos quedar achunchados ante la desconocida. Aquella voz que nos trataba con respeto y sonriente, nos dejaba abrumados y contentos. No era frecuente que las visitas del fundo congeniaran con la gente del campo. Así  recuerdo a Teresita Ossandón

El tiempo, implacable y ufano, nos alejó de la tierra; mis hermanas se casaron con esposos de otras latitudes, tuvieron hijos y nietos y quizás  olvidaron las experiencias juveniles. Nunca les escuché nombrar a Teresita Ossandón. Por mi parte, al conchito había que educarlo y completé estudios medios en el ex Seminario Capuchino de Paine.       

Se dio el caso, que en mis frecuentes lecturas, cayó en mis manos un artículo sobre Clotario Blest, denodado dirigente del universo laboral. Jorge Baradit lo llama Apóstol de los Trabajadores en el segundo tomo de La Historia Secreta de Chile y tiene mucho sentido la nominación. Un apóstol entregado con alma y cuerpo al mundo sindical.

Ya conocía la fantástica historia de Clotario Blest, y con gusto volví a relacionar al dirigente con Teresa Ossandón. (En Internet no hay ninguna alusión a Clotario Blest; en la biografía de Teresa Osandón, es nada más que una Carmelita Descalza).

Pero es interesante precisar este hecho -que no es circunstancial- del hombre que luchó toda su vida por unir a los trabajadores y esta lucha la convirtió en apostolado hasta la muerte. En la vida de toda persona, siempre quedan ciertos claroscuros, por ser privados, se alejan del común de la gente. Por ello la relación entre Clotario Blest y Teresa Ossandón tienen un velo de oscuridad, quizás por la situación de ambos. Se sabe que fueron novios, ambos católicos y compartieron atardeceres tomados de la mano. En esos años, las relaciones sociales se abrían, y no han variado, entre la clase pudiente, dueña del poder económico y político y el pueblo aglomerado y  distante en sus poblaciones. La Iglesia suele crear vínculos  más allá  de toda sospecha, y este vínculo permitió que el romance juvenil se prolongara por toda la vida. Clotario dedicado  al mundo organizacional de trabajadores, supo de persecuciones y presidios, y Teresa, retirada del mundanal ruido, en la Orden de Carmelitas Descalzas -la Orden fundada por Santa Teresa de Jesús-- mantuvo constante correspondencia con su porfiado novio sindical.

En mi infancia campesina, jamás se proyectó este complejo universo social, lleno de grandezas  y miserias, y solo lo conocí en la visa universitaria. Supe de líderes laborales y la constante rivalidad entre el capital y el trabajo. La palabra reivindicación la sentí recién inventada. El romance entre Clotario y Teresa aparece como un legado platónico y sorprendente. Podría afirmarse que, más allá de toda suspicacia, es una auténtica historia de amor.